México no apaga la fiesta: el Ángel de la Independencia volvió a convertirse en el epicentro de la locura tricolor tras la clasificación de la Selección Mexicana a los octavos de final. Con los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez en el 2-0 sobre Ecuador, la capital del país explotó de júbilo y el emblemático monumento de Paseo de la Reforma se transformó, otra vez, en una marea verde, blanca y roja que no tiene intención de detenerse.
Desde temprano, mucho antes de que rodara el balón, el Ángel ya lucía su mejor ambiente. El cielo amenazaba con lluvia, pero nada fue suficiente para frenar a los aficionados. Poco a poco, desde distintas zonas de la Ciudad de México, comenzaron a llegar grupos de seguidores con camisetas del Tri, banderas gigantes, tambores, trompetas y todo tipo de accesorios para animar. Las pantallas gigantes instaladas desde la mañana eran el punto de encuentro obligado para seguir el duelo ante Ecuador como si estuvieran en el estadio.
La expectativa venía creciendo desde la semana anterior, cuando México había derrotado con autoridad 3-0 a Chequia. Ese resultado encendió la ilusión y marcó en el calendario la fecha del duelo de este martes 30 de junio. Muchos aficionados tenían claro que el Ángel de la Independencia sería el lugar para vivir el partido, por lo que organizaron traslados en familia, con amigos, en pareja o incluso en solitario, con tal de compartir la experiencia con miles de desconocidos que vibran igual.
Si en la jornada anterior se calculó una asistencia superior a las 600 mil personas entre el Ángel y todo el corredor de Paseo de la Reforma, para esta noche se esperaba incluso rebasar esa cifra. Una hora antes del silbatazo inicial, la zona ya lucía abarrotada. La lluvia, que se dejó sentir desde las primeras horas del día, no disuadió a nadie: impermeables improvisados con bolsas de plástico, paraguas de todos los colores y jerseys empapados se convirtieron en parte del paisaje.
Las condiciones del clima pasaron a segundo plano. Para los seguidores del Tri, lo único importante era estar presentes en uno de los puntos de reunión habilitados a lo largo de Reforma para ver el choque ante Ecuador. Desde niños en hombros de sus padres hasta adultos mayores que no se pierden un solo torneo, el rango de edades mostraba que esta Selección Mexicana convoca a toda una nación sin distinción.
En pleno desarrollo del partido, cuando ya se contabilizaban más de 200 mil personas concentradas entre el Ángel y el corredor de la avenida, llegó el primer estallido de euforia. Julián Quiñones abrió el marcador y el grito de gol retumbó entre edificios, árboles y asfalto. Se levantaron brazos, se encendieron bengalas de humo de colores y los cánticos se duplicaron. En cuestión de segundos, desconocidos se abrazaban como si se conocieran de toda la vida.
Antes del descanso, la fiesta subiría un nuevo peldaño. Raúl Jiménez firmó el 2-0 y la reacción fue una especie de terremoto emocional: banderas agitadas al límite, saltos sincronizados y un rugido colectivo que se escuchó a varios kilómetros a la redonda. Ese tanto no solo ampliaba la ventaja; significaba, en la mente de los aficionados, el boleto prácticamente asegurado a los octavos de final. Desde ese momento, la gente comenzó a cantar como si la clasificación ya fuera un hecho.
Con el pitazo final, se confirmó lo que todo México esperaba: la Selección estaba en la siguiente ronda. El 2-0 sobre Ecuador selló un paso histórico y desató una celebración que se extendió más allá de la medianoche. La Ciudad de México, el Estadio Azteca y prácticamente cada rincón del país entraron en modo fiesta. Para muchos, dormir no era opción: el plan era seguir festejando y prolongar el orgullo de ver nuevamente al Tri avanzar en el torneo.
Conforme avanzó la noche, el flujo de asistentes hacia el Ángel continuó aumentando. Ya no solo eran quienes habían visto el partido ahí; también llegaban aquellos que lo siguieron desde casas, restaurantes o plazas, pero que querían sumarse al festejo multitudinario. La imagen era la de un auténtico río humano teñido con playeras verdes, rostros pintados y sombreros gigantes que convertían el monumento en un auténtico estadio a cielo abierto.
Los festejos tomaron muchas formas, algunas ya clásicas en este tipo de celebraciones. No faltó la famosa «batalla» con conos de vialidad, que los aficionados levantan y se pasan unos a otros entre risas y consignas. Tampoco faltó el grito de «¡quiere volar!» que se ha vuelto viral desde los primeros días del torneo, y que provoca que grupos enteros levanten a un aficionado en vilo mientras todos cantan y brincan alrededor.
Hubo incluso aficionados que llevaron piñatas con la temática del torneo y de las selecciones rivales. Mientras se acercaba la hora del juego, esos momentos de romper la piñata servían para calentar el ambiente: cada golpe se acompañaba de cánticos, burlas deportivas y promesas de victoria. Al final del encuentro, las piñatas se transformaron en otro símbolo del desahogo colectivo, entre dulces, confeti y carcajadas.
La presencia de familias completas fue uno de los detalles más llamativos. Padres con sus hijos pequeños sobre los hombros, parejas jóvenes, grupos de amigos que se reencontraron después de tiempo, todos coincidieron en un mismo punto para vivir algo más que un partido: una experiencia compartida. Muchos niños vivían por primera vez una celebración masiva del Tri en el Ángel, un recuerdo que seguramente quedará grabado por años.
La autoridad capitalina también se hizo notar, con operativos especiales para garantizar la seguridad, desviar el tránsito y mantener cierto orden en la zona. A pesar de la multitud, el ambiente fue mayormente festivo y pacífico, orientado al canto, a la convivencia y a celebrar un logro deportivo que une a millones de personas bajo la misma bandera. Se registraron cierres parciales de calles, pero la mayoría de los presentes lo aceptó como parte del ritual que acompaña estas gestas del futbol mexicano.
Desde el punto de vista emocional, lo que se vivió en el Ángel reflejó algo más profundo que un simple resultado. Después de días de nerviosismo y expectativas, este pase a octavos se percibe como una reivindicación del equipo y como un motivo de orgullo para quienes, torneo tras torneo, depositan su confianza en la Selección. Las caras de alivio, las lágrimas de alegría y los abrazos interminables revelan cuánto significa este deporte para la identidad colectiva del país.
Otro elemento que destacó fue la creatividad de la afición. Se vieron mantas con mensajes ingeniosos, disfraces alusivos a personajes tradicionales mexicanos combinados con elementos futboleros, maquillaje tricolor elaborado y hasta coreografías improvisadas. Cada grupo parecía querer aportar un sello personal a la fiesta, con la certeza de que las cámaras y los teléfonos móviles estaban listos para inmortalizar el momento.
El sonido ambiente era una mezcla inconfundible de trompetas, tambores, bocinas portátiles y miles de gargantas entonando los mismos cánticos. A cada rato se escuchaban las clásicas porras al Tri, así como nuevas versiones adaptadas a los héroes del partido, en especial para Quiñones y Jiménez, cuyos nombres se repetían una y otra vez. Para ellos, desde lejos, el Ángel se convirtió en una señal innegable de que el país entero respalda sus goles.
En lo deportivo, el triunfo sobre Ecuador y el boleto a octavos abren un nuevo capítulo cargado de esperanza. El siguiente compromiso será el domingo, en el Estadio Azteca, y la expectativa es que la fiesta continúe o incluso se multiplique. Muchos de los que hoy llenaron el Ángel ya piensan en volver a ese mismo sitio para ver el próximo encuentro, convencidos de que este punto icónico de la capital se ha ganado su lugar como «sede alterna» del Tri.
La Ciudad de México, acostumbrada al ruido constante, vivió una noche distinta, marcada por el color y la unidad. Cada claxon, cada canto y cada bandera ondeando contribuyó a una atmósfera que trasciende el futbol y se acerca a una celebración de pertenencia: la sensación de que, pase lo que pase en el torneo, hay algo que mantiene unida a la gente durante 90 minutos y más.
Al final, cuando la madrugada empezó a asomarse, el Ángel de la Independencia seguía iluminado y rodeado de aficionados que se resistían a marcharse. Para muchos, no se trataba solo de festejar un resultado deportivo; era una forma de recargar ánimo, de olvidarse por unas horas de los problemas cotidianos y de celebrar, a la mexicana, que el sueño mundialista sigue vivo. Mientras la Selección avance, el Ángel seguirá siendo sinónimo de fiesta, de locura y de orgullo nacional.
