Miguel Herrera ha vuelto a poner un pie en Costa Rica, aunque esta vez lejos de los reflectores deportivos y del protagonismo en el banquillo. El entrenador mexicano regresó al país centroamericano para cerrar asuntos pendientes después de su abrupta salida como seleccionador, derivada del fracaso en el intento de clasificar al Mundial de 2026 en las eliminatorias de la Concacaf.
De acuerdo con la prensa costarricense, el “Piojo” fue visto en las instalaciones de la Federación Costarricense de Fútbol, a donde acudió para tratar temas administrativos que habían quedado abiertos tras su destitución. Su visita no tuvo que ver con un posible regreso al cargo, sino con el cierre formal de su relación contractual y otros compromisos derivados de su etapa al frente del combinado tico.
La salida de Herrera se produjo a finales de enero, después de que Costa Rica quedara fuera de la lucha mundialista, un golpe duro para una afición acostumbrada en los últimos años a ver a su selección en las grandes citas. La eliminación en la fase de clasificación de la Concacaf se interpretó como un fracaso mayúsculo y precipitó la decisión de la federación de prescindir de sus servicios.
El propio técnico había estado radicando en Costa Rica mientras dirigía a la selección, por lo que su retorno también se relaciona con la devolución de la vivienda que tenía en renta y con trámites logísticos de su estancia. No se trata únicamente de firmas y papeles, sino de procesos cotidianos que cualquier entrenador extranjero debe afrontar al concluir un proyecto en otro país.
En una charla reciente con el periodista mexicano Alex Blanco, Herrera explicó que su vuelta a territorio costarricense respondía justamente a esa necesidad de cerrar ciclos de manera directa y personal. “Voy a regresar a Costa Rica a finiquitar unas cosas y sigo yendo y viendo a la gente a la cara porque yo fui a trabajar. El trabajo a veces se da y a veces no”, comentó el estratega, dejando claro que no rehúye a las consecuencias de los resultados deportivos.
El mexicano insistió en que, aunque el objetivo principal —llevar a Costa Rica al Mundial de 2026— no se cumplió, su experiencia en el país le dejó un saldo humano positivo. Aseguró que creó lazos importantes con personas dentro y fuera de la federación. Según sus propias palabras, se marcha con la tranquilidad de haber intentado imprimir su estilo y con la satisfacción de haber dejado “muy buena relación” y “muy buenos amigos” en suelo tico.
El paso de Herrera por la selección de Costa Rica fue breve pero muy observado. Su nombramiento generó expectativas, especialmente por su carácter explosivo y su historial con la selección mexicana. Se pensaba que podría aportar intensidad, experiencia en eliminatorias y un salto competitivo en un momento de recambio generacional del fútbol costarricense. Sin embargo, el proceso no encontró la estabilidad necesaria ni en resultados ni en rendimiento colectivo.
La eliminación de Costa Rica rumbo al Mundial 2026 también abrió un debate profundo alrededor del modelo de planificación deportiva del país. No pocos analistas han señalado que la responsabilidad no recae únicamente en el cuerpo técnico, sino en una combinación de factores: transición de generaciones, nivel de la liga local, exportación de talento y toma de decisiones dirigenciales. En ese contexto, la figura de Herrera se convirtió en el rostro más visible del fracaso, pero no el único elemento a revisar.
Para el entrenador mexicano, este tropiezo se suma a una trayectoria con altibajos. Después de etapas exitosas y polémicas con la selección de México y diversos clubes de la Liga MX, su apuesta por dirigir a Costa Rica representaba una oportunidad de relanzar su carrera internacional. No conseguir el boleto mundialista supuso un golpe a su prestigio, aunque difícilmente uno definitivo, considerando su experiencia y el peso de su nombre en el mercado de entrenadores.
El regreso de Herrera a Costa Rica para “ver a la gente a la cara”, como él mismo lo expresó, puede leerse también como un intento de preservar su imagen profesional. En un entorno donde los técnicos a menudo abandonan los proyectos sin despedirse públicamente, su decisión de volver para cerrar asuntos de frente, más allá de las críticas, envía un mensaje de responsabilidad personal y profesionalismo que él mismo busca subrayar.
Para la afición costarricense, la figura del “Piojo” deja sensaciones encontradas. Por un lado, queda la frustración por no haber alcanzado el gran objetivo; por otro, algunos seguidores valoran que asumiera el reto en un momento complejo y que no se esconda tras excusas. En cualquier caso, su nombre ya forma parte de la reciente historia de la selección, aunque asociado a uno de sus episodios más amargos en las últimas décadas.
En términos futbolísticos, la federación de Costa Rica enfrenta ahora el reto de reconstruir un proyecto deportivo que recupere la ilusión de cara a futuros torneos. El fracaso en el camino al Mundial 2026 obliga a replantear ideas: elección de entrenador, estructura de fuerzas básicas, modelo de juego y acompañamiento a los jóvenes que deben tomar el relevo de la generación que brilló en mundiales anteriores. La experiencia con Herrera servirá, al menos, como referencia para calibrar qué tipo de proyecto necesita realmente el fútbol costarricense.
Por su parte, el futuro inmediato de Miguel Herrera permanece abierto. Su regreso puntual a Costa Rica no implica nuevas negociaciones deportivas, sino un cierre administrativo y personal. Una vez resueltos esos pendientes, todo apunta a que el técnico volverá a enfocarse en encontrar un nuevo banquillo, probablemente en México o en otra selección que busque un entrenador con experiencia en procesos clasificatorios y manejo de presión mediática.
El episodio de Costa Rica también deja una reflexión general sobre la figura del seleccionador en el fútbol moderno. Los plazos son cada vez más cortos, las exigencias más altas y el margen de maniobra, limitado. Un entrenador llega con una idea, pero depende de estructuras, tiempos de trabajo, procesos formativos y decisiones institucionales que muchas veces escapan a su control. El caso de Herrera ilustra cómo un técnico puede ser juzgado casi exclusivamente por un resultado final, sin que se analicen a fondo todos los componentes del proyecto.
En cualquier caso, el vínculo entre Miguel Herrera y Costa Rica no se corta de golpe. Él mismo subraya el cariño que recibió durante su estancia y la red de amistades que construyó en pocos meses. Su regreso para “finiquitar” temas no solo cierra un contrato, sino un capítulo personal y profesional que, aunque marcado por el fracaso deportivo, deja huellas en ambas partes. Ahora, tanto el entrenador como la selección tica deberán mirar hacia adelante y redefinir su rumbo después de un intento fallido de llegar al gran escenario del futbol mundial.
