«Cristiano Ronaldo no vino a México porque sabe que aquí diario matan y desaparecen».
La frase, escrita en una manta colgada en los alrededores del Estadio Azteca, se convirtió en el símbolo de una noche en la que el futbol y la protesta social se encontraron de frente antes del duelo entre México y Portugal.
Lo que se esperaba como una fiesta por la reinauguración del Coloso de Santa Úrsula terminó acompañado por un ambiente tenso. El tráfico colapsado, los cierres viales y la presencia de manifestantes transformaron el acceso al inmueble en una carrera de obstáculos para miles de aficionados que buscaban llegar a tiempo al partido.
Alrededor del estadio, en puentes peatonales y avenidas principales como Periférico Sur, Circuito Azteca y Avenida Imán, apareció una serie de mantas con mensajes directos sobre la violencia que atraviesa el país. No se trataba de consignas aisladas: formaban parte de una intervención planeada para aprovechar la atención mediática del encuentro internacional y visibilizar la crisis de homicidios y desapariciones.
Entre todas las mantas, una de las frases que más impacto causó fue la que aludía directamente a la máxima figura de la selección portuguesa:
«Cristiano Ronaldo no vino a México porque sabe que aquí diario matan y desaparecen».
El mensaje aprovechaba la ausencia del astro portugués para lanzar una crítica contundente a la inseguridad y a la normalización de la violencia en la vida diaria.
No fue la única consigna que vinculó el contexto social con el partido. Otra manta remató con una comparación estremecedora:
«Se necesitan 2 estadios Aztecas para que quepan los desaparecidos».
La referencia al aforo del histórico recinto servía para dimensionar la magnitud del problema de personas no localizadas en el país, llevándolo al terreno del futbol para hacerlo aún más visual y comprensible.
En otra lona se leía:
«Los jóvenes deberíamos ser reclutados por la selección, no por el narco».
Con ello, los manifestantes buscaban poner el foco en la juventud mexicana, atrapada muchas veces entre la falta de oportunidades, la precariedad y el poder del crimen organizado, que termina convirtiéndose en una opción de vida -o de muerte- para miles de personas.
Las consignas no se limitaron a la figura de un jugador o a metáforas futboleras; también hicieron referencia directa a temas como los feminicidios, las desapariciones forzadas y el impacto del crimen organizado en la vida cotidiana. El mensaje de fondo era claro: mientras en la cancha se celebraría un partido de alto nivel, fuera de ella el país enfrenta una realidad dramática que, según los manifestantes, no puede seguir ignorándose.
Las cifras ayudan a entender la crudeza de los mensajes. En México se registra un promedio diario de entre 50 y 90 homicidios dolosos, lo que se traduce en más de 30 mil asesinatos al año. A ello se suma la tragedia de las personas desaparecidas: hasta el 21 de septiembre de 2023 se habían denunciado 111,521 desapariciones relacionadas con delitos o actividades criminales. Detrás de cada número hay una familia, una historia interrumpida y una búsqueda que, en muchos casos, nunca termina.
El contexto del partido entre México y Portugal ofrecía el escenario perfecto para que estas denuncias no pasaran desapercibidas. Un estadio emblemático, una reinauguración con invitados internacionales, la mirada del público puesta en el espectáculo deportivo… y, alrededor, mantas recordando que la violencia no se detiene, ni siquiera en noches de celebración futbolera.
Para buena parte de la afición, el trayecto hacia el estadio fue una mezcla de emoción por el juego y desconcierto por la contundencia de las frases. Muchos se encontraron de frente con las mantas mientras avanzaban a pie o en automóvil, obligados a leerlas en medio del tráfico lento. El contraste entre las camisetas de la selección, las caras pintadas y los mensajes sobre muerte y desapariciones generó una sensación de choque emocional difícil de ignorar.
El uso del nombre de Cristiano Ronaldo no fue casual. El portugués es una de las figuras más reconocidas del futbol mundial, y su sola mención garantiza atención. Al vincular su ausencia con la violencia en México, los activistas buscaban que la conversación trascendiera las fronteras y quedara grabada en la memoria colectiva. Más allá de si la afirmación sobre sus motivos es literal o simbólica, el objetivo era que la pregunta quedara instalada: ¿en qué condiciones vive un país al que se le asocia de inmediato con homicidios y desapariciones?
La elección del Estadio Azteca como escenario del mensaje también tuvo un peso simbólico. No es solo un inmueble deportivo; es un ícono nacional, testigo de finales mundialistas y de algunos de los momentos más gloriosos del futbol. Convertir sus alrededores en un muro de denuncia implicó apropiarse de ese símbolo para decir: la violencia también forma parte de la realidad de este país, aunque no aparezca en el marcador.
Las mantas que hablaban de desaparecidos y feminicidios pusieron el foco en uno de los temas más dolorosos de la actualidad mexicana: las familias que buscan a sus seres queridos sin respuesta clara de las autoridades. Al relacionar el número de desaparecidos con la capacidad del estadio, los manifestantes lograron aterrizar una cifra abrumadora en una imagen concreta que cualquiera podía visualizar al mirar el coloso.
El mensaje dirigido a los jóvenes reveló otro ángulo del problema. «Ser reclutado» suele relacionarse con el sueño de vestir la camiseta de la selección nacional, pero en muchas regiones del país esa palabra se asocia más con el crimen organizado que con el deporte. La frase planteaba un reclamo y, al mismo tiempo, una demanda: que existan condiciones para que la juventud tenga opciones reales en el estudio, el trabajo y el deporte, y no se vea obligada a elegir entre la pobreza o las redes criminales.
La jornada dejó claro que, para un sector de la sociedad, ya no basta con celebrar goles y victorias sin poner sobre la mesa la situación que se vive fuera del estadio. Aprovechar un partido internacional para visibilizar la violencia fue, al mismo tiempo, una estrategia de comunicación y una forma de protesta. Mientras las cámaras enfocaban la cancha, en los alrededores se libraba otra batalla: la de intentar que el país no se acostumbre a las cifras de muerte y desaparición.
También se abrió un debate inevitable: ¿es el futbol un espacio que debe permanecer ajeno a la política y los conflictos sociales, o es precisamente uno de los pocos escenarios capaces de amplificar mensajes incómodos? Lo sucedido previo al México vs Portugal mostró que, guste o no, el deporte está íntimamente ligado al contexto en el que se practica y que, cuando la realidad es tan dura, termina filtrándose incluso en los momentos destinados al entretenimiento.
Las manifestaciones alrededor del Estadio Azteca evidenciaron que hay quienes ya no están dispuestos a separar por completo la pasión futbolera de la urgencia social. Los cánticos, las banderas y las camisetas compartieron espacio con pancartas que hablaban de muerte, desaparición y miedo. Y, en medio de esa mezcla, quedó grabada una frase que resume el sentimiento de hartazgo: «Cristiano Ronaldo no vino a México porque sabe que aquí diario matan y desaparecen».
Más allá del resultado del partido, esa noche dejó un recordatorio contundente: mientras el balón rueda, en las calles continúan las historias de violencia que aún esperan respuesta.
