Football and national identity: from world cups to symbolic wars

Por qué el fútbol fabrica naciones (aunque no lo admitamos)

Si quieres entender cómo se construyen las identidades nacionales hoy, no mires primero al parlamento ni a los libros de historia: mira a los mundiales. Ahí ves banderas que casi nadie usa en su día a día, himnos que la gente normalmente no canta, lágrimas por camisetas que, en teoría, solo representan a una federación deportiva. El problema de fondo: muchos Estados dependen del fútbol para mantener viva una narrativa de “nosotros”, pero ese mismo mecanismo genera exclusiones, guerras simbólicas y tensiones políticas muy reales. Esta tensión entre orgullo compartido y conflicto latente —visible desde los mundiales hasta los clásicos locales— es el eje que hay que aprender a gestionar, no solo a celebrar.

Del Maracanazo a la “Mano de Dios”: casos reales que muestran el conflicto

Fútbol y construcción de identidades nacionales: de los mundiales a las guerras simbólicas - иллюстрация

Si analizas casos históricos, verás que el fútbol funciona como un atajo emocional hacia la identidad nacional. El Maracanazo (Brasil–Uruguay, 1950) no fue solo un partido: fue leído en Brasil como una herida a la idea de país moderno y ganador. Décadas después, el “gol de la Mano de Dios” en Argentina–Inglaterra (1986) se interpretó como revancha simbólica tras la Guerra de las Malvinas. No fue un simple truco de un genio del balón, sino un relato de “el pequeño que engaña al poderoso”, abrazado por gran parte de la sociedad argentina. Estos ejemplos muestran que, para millones de personas, la nación se experimenta más en 90 minutos de fútbol que en años de política institucional, y eso tiene un enorme potencial movilizador… y desestabilizador.

Mundiales como escenarios de guerras simbólicas

Los mundiales son laboratorios perfectos para observar cómo se construyen identidades nacionales. Croacia en 1998 utilizó su selección para marcar distancia con la antigua Yugoslavia y reforzar un relato propio. España en 2010 vio en “La Roja” un pegamento temporal entre identidades que normalmente chocan: catalana, vasca, castellana. Pero ese mismo fenómeno tiene su lado oscuro: hinchadas que cantan consignas xenófobas, campañas políticas que explotan victorias o derrotas, y episodios de violencia entre barras que traducen al cuerpo lo que la política discute con palabras. Si no se gestiona, este uso del fútbol puede convertir un espacio de juego en un frente cultural permanente.

Enfoque 1: Dejar que el fútbol “hable solo” (y por qué no funciona)

Un primer enfoque, muy extendido entre dirigentes deportivos y algunos gobiernos, es creer que el fútbol es “apolítico” y que basta con organizar partidos, vender camisetas y evitar grandes escándalos. La idea es simple: mientras la gente tenga un equipo, tendrá una identidad compartida relativamente inocua. El problema es que ignorar las dimensiones políticas no las hace desaparecer: solo las deja en manos de actores más radicales, desde ultras organizados hasta campañas nacionalistas excluyentes. Ese enfoque pasivo suele conducir a crisis puntuales —racismo en estadios, violencia, boicots— que luego se “apagan” con comunicados vacíos en vez de abordar el tema estructural: qué tipo de nación se está construyendo alrededor del balón.

Casos donde “mirar hacia otro lado” salió caro

En varios países europeos, la falta de reacción temprana frente a cánticos racistas permitió que una parte de las gradas se apropiara del espacio simbólico del estadio. En otros contextos, como algunas ligas latinoamericanas, las barras bravas llenaron el vacío institucional y se convirtieron en actores de poder con conexiones políticas, económicas e incluso criminales. En ambos tipos de casos, los dirigentes apostaron por minimizar el problema para no “politizar el fútbol”, y el resultado fue justo el contrario: politización extrema, pero sin reglas claras ni mediadores legítimos.

Enfoque 2: Usar el fútbol como herramienta de integración (con condiciones)

Un segundo enfoque, mucho más interesante, intenta convertir el fútbol en un espacio de integración nacional consciente. Aquí sí se reconoce que cada partido activa símbolos, relatos históricos y emociones políticas. La diferencia es que se trabaja deliberadamente para que ese proceso genere inclusión en lugar de exclusión. Selecciones como la de Francia en 1998 y 2018 explotaron la idea de “nación diversa” a través de sus jugadores de orígenes migrantes; en Alemania 2006 se habló de un “patriotismo relajado” que buscaba alejarse de imaginarios agresivos del pasado. No es perfecto —ni Francia ni Alemania han resuelto sus tensiones internas—, pero al menos se entiende que lo que ocurre en un estadio es parte de la construcción de una identidad nacional contemporánea y plural.

Cómo se implementa este enfoque en la práctica

1. Definir con claridad qué valores quiere representar la selección o el club (no solo ganar).
2. Diseñar campañas educativas y mediáticas que expliquen esos valores de forma concreta.
3. Formar a entrenadores y jugadores en comunicación responsable sobre temas sensibles.
4. Involucrar a hinchadas organizadas en protocolos contra el racismo y la violencia.
5. Evaluar el impacto social de estas acciones con datos, no solo con discursos emotivos.

Cuando este enfoque se toma en serio, se reduce el espacio para que el nacionalismo excluyente capture al fútbol. Cuando se hace solo como marketing, acaba siendo percibido como hipocresía y alimenta aún más el cinismo social.

Enfoque 3: Desacoplar parcialmente fútbol y nación

Hay un enfoque menos obvio, pero muy potente: reducir la dependencia de la identidad nacional respecto al fútbol, sin romper del todo el vínculo. Es decir, aceptar que la gente va a seguir emocionándose con “su” bandera en los mundiales, pero al mismo tiempo fomentar otros niveles de pertenencia: barrio, ciudad, región, valores compartidos, comunidades transnacionales de aficionados. Este enfoque es clave en tiempos de globalización, donde los grandes clubes tienen hinchas en todos los continentes y la identidad nacional ya no es el único marco de referencia.

El papel de la globalización y del fútbol de clubes

La lógica del fútbol globalizado ha generado nuevas identidades: hinchas asiáticos del Real Madrid o del Liverpool que viven el club como su principal comunidad emocional; seguidores de ligas femeninas que se reconocen en causas de igualdad de género más que en banderas. En muchos artículos académicos fútbol globalización e identidades nacionales aparece una idea recurrente: la nación ya no tiene el monopolio sobre las emociones futboleras, y eso abre un espacio para identidades más mezcladas, menos rígidas. Aprovechar esta tendencia implica aceptar que la camiseta de la selección es importante, pero no puede ser el único “altar” simbólico.

No tan obvio: soluciones que van más allá del estadio

Una forma inteligente de reducir las guerras simbólicas es mover parte del debate fuera del césped. Por ejemplo, impulsar clubes de barrio que mezclen niñas y niños de diferentes orígenes, o ligas amateurs que no se organicen necesariamente por nacionalidades, sino por intereses comunes o causas sociales. Cuando la gente experimenta identidades múltiples en el día a día —ser hincha de un club inglés, jugar en un equipo barrial multicultural y apoyar a una selección nacional—, es menos probable que confunda la nación con una sola camiseta y más probable que relativice los conflictos simbólicos. No se trata de “quitarle importancia” al mundial, sino de ponerlo en perspectiva dentro de un ecosistema más amplio de pertenencias.

Alianzas con cultura, educación y medios

Aquí entran en juego herramientas más “blandas” pero muy efectivas. Organizar festivales de cine con películas y documentales sobre hinchadas diversas, talleres en escuelas donde se analicen anuncios y himnos, o clubes de lectura que utilicen libros sobre fútbol e identidad nacional para discutir historia, migraciones y género. De esta manera, el fútbol se convierte en punto de partida para una conversación crítica, en vez de funcionar solo como reforzador automático de mitos nacionales. Cuanto más se entrena a la gente a leer símbolos, menos poder tienen los discursos simplistas del “ellos contra nosotros”.

Alternativas académicas y formativas: aprender a leer el juego

Si trabajas como periodista deportivo, gestor de clubes, responsable de políticas públicas o docente, te conviene profesionalizar tu mirada. No basta con la intuición. Hoy existen recursos formales como un curso online sociología del fútbol e identidades nacionales, pensados justamente para analizar estas dinámicas con herramientas de las ciencias sociales. Profundizar en teorías de nacionalismo, estudios de fans, análisis de medios y antropología del deporte ayuda a desmontar lugares comunes y a anticipar conflictos antes de que exploten en las gradas o en las redes.

Formarse más allá de los 90 minutos

Si quieres ir todavía más lejos, un máster estudios culturales deporte e identidad nacional te da un marco comparativo robusto: puedes estudiar cómo opera el fútbol en diferentes regiones del mundo, qué pasa con otros deportes (cricket, básquet, rugby) y cómo varían las guerras simbólicas según contextos coloniales, poscoloniales o autoritarios. Esta formación avanzada te permite diseñar proyectos, políticas o contenidos que no se queden en el anecdotario del “partido épico”, sino que hagan del deporte una herramienta estratégica de convivencia, memoria crítica y reconocimiento mutuo.

Herramientas alternativas: investigación, diálogo y escena pública

Otro camino concreto es apoyarse en la producción intelectual existente. Buscar artículos académicos fútbol globalización e identidades nacionales te permite ver patrones que no son evidentes desde la práctica diaria: cómo se repiten ciertos relatos (“pueblo luchador”, “underdog heroico”, “superpotencia traicionada”), cómo se articulan con discursos mediáticos y qué efectos tienen en grupos específicos (migrantes, minorías étnicas, mujeres, disidencias sexuales). Esta evidencia es oro para periodistas que quieran contar el deporte sin caer en estereotipos, y para dirigentes que necesitan justificar políticas inclusivas con algo más que buenas intenciones.

Conferencias, seminarios y espacios de contraste

Fútbol y construcción de identidades nacionales: de los mundiales a las guerras simbólicas - иллюстрация

No subestimes el impacto de los espacios de intercambio en vivo. Asistir a conferencias y seminarios sobre fútbol política e identidad nacional te expone a experiencias comparadas: cómo maneja Turquía las tensiones entre club y Estado, qué estrategias usó Sudáfrica con el Mundial 2010, o cómo se articulan movimientos antirracistas en ligas europeas. Este contraste te obliga a replantearte prácticas que dabas por naturales y te da un banco de soluciones testadas. Además, te permite construir redes de colaboración entre periodistas, activistas, académicos y dirigentes, algo clave si quieres ir más allá del discurso y aterrizar proyectos concretos.

Lifehacks para profesionales que trabajan con fútbol e identidad

Para periodistas deportivos

Un truco eficaz es tratar cada gran partido internacional como una oportunidad de análisis y no solo de épica. Antes de escribir la crónica, pregúntate: ¿qué imagen de la nación estoy reforzando? ¿A quién deja fuera este relato? Introduce, aunque sea en un párrafo, una nota crítica sobre los usos políticos de la victoria o la derrota. Cita voces diversas, no solo exjugadores: sociólogos, historiadoras, activistas. A medio plazo, esto te convertirá en referencia para lectores que buscan algo más que el resultado, y te permitirá escapar del ruido nacionalista simple sin perder audiencia.

Para entrenadores y cuerpos técnicos

Cuando trabajes con selecciones o clubes con fuerte carga simbólica, incluye sesiones breves de conversación sobre identidad, respeto y representación. No es adoctrinamiento: es alfabetización simbólica. Haz que las y los jugadores piensen qué mensaje transmiten con ciertos gestos, declaraciones o celebraciones. Practica respuestas a preguntas sensibles de la prensa para evitar titulares explosivos. Un equipo que entiende su peso simbólico gestiona mejor la presión nacional y reduce la posibilidad de convertirse en munición política involuntaria.

Para gestores de clubes y federaciones

Integra la dimensión social en la planificación estratégica. No te limites a políticas de “responsabilidad social corporativa” decorativas. Establece protocolos claros contra el racismo y la violencia, con sanciones reales y procesos educativos asociados. Diseña programas de cantera que mezclen contextos sociales y culturales distintos. Colabora con escuelas y organizaciones comunitarias para que el club funcione como espacio de convivencia, no solo como fábrica de resultados. Esa inversión en capital simbólico te protege a largo plazo frente a crisis reputacionales y te da argumentos sólidos ante patrocinadores e instituciones públicas.

Comparando enfoques: ¿qué funciona mejor y para quién?

Si pones en fila los enfoques, las diferencias son claras. La estrategia de “dejar que el fútbol hable solo” es cómoda a corto plazo, pero arriesgada: genera menos trabajo hoy y más conflictos mañana. El enfoque integrador, que usa conscientemente el fútbol para construir una identidad nacional plural, es más exigente pero mucho más sostenible: reduce las guerras simbólicas más destructivas y crea relatos donde caben más personas. El desacople parcial, que acepta identidades múltiples y globalizadas, ayuda a desinflar tensiones extremas, pero puede incomodar a quienes necesitan mitos nacionales fuertes y simples, como ciertos políticos o grupos mediáticos.

La combinación más inteligente suele ser híbrida: reconocer la potencia nacional del fútbol, trabajar activamente su dimensión inclusiva y, a la vez, abrir espacio para otras formas de pertenencia que no dependan de una bandera. Ese enfoque mixto baja la temperatura de las guerras simbólicas y mantiene la pasión del juego, pero con menos daños colaterales.

Cerrar el círculo: del estadio a la sociedad

Al final, el debate sobre fútbol y construcción de identidades nacionales no va de si debemos celebrar o no los mundiales. Vamos a seguir haciéndolo. La cuestión clave es qué tipo de nación construimos cuando gritamos un gol, cuando insultamos a un rival o cuando colgamos una bandera en el balcón. O usamos el fútbol como excusa para reafirmar fronteras simbólicas y alimentar resentimientos, o lo convertimos en un terreno de juego donde ensayar convivencias más complejas y honestas. Entender los distintos enfoques, aprender de casos reales, apoyarse en formación especializada y aplicar pequeños lifehacks profesionales es la diferencia entre un espectáculo que solo entretiene y un deporte que, además, ayuda a imaginar comunidades más habitables.