La advertencia estaba hecha desde dentro. Omar Mugharbel, CEO de la Saudi Pro League, lo dejó claro hace tiempo: la prioridad era sostener la apuesta económica durante varios años, evitar que todo se redujera a un experimento de una sola temporada. Sin embargo, el proyecto que pretendía reconfigurar el mapa del fútbol mundial desde Oriente Medio atraviesa ahora una fase crítica: la fuga –real, potencial y masiva– de sus principales estrellas amenaza con desestabilizar una liga que hasta hace poco parecía imparable.
El problema es doble. Por un lado, el calendario aprieta: alrededor de 125 futbolistas que actualmente compiten en la Liga saudí terminan contrato al final de la presente campaña. Entre ellos, un número muy significativo de jugadores de primer nivel, fichados precisamente para dar brillo al campeonato, elevar su atractivo televisivo y legitimar el relato de “liga emergente de élite”. Por otro, el último mercado invernal ha dejado señales preocupantes: movimientos truncados, rescisión de contratos, rumores constantes de salidas y operaciones que han obligado a reaccionar contrarreloj.
Durante los últimos meses se ha vivido un invierno especialmente turbulento en cuanto a movimientos hacia la salida. Casos como los de Bento (Al Nassr), Yannick Carrasco (Al Shabab), Marcos Leonardo (Al Hilal) o Moussa Diaby (Al Ittihad) reflejan que el entusiasmo inicial se ha ido enfriando. En paralelo, el ruido en torno a Cristiano Ronaldo tampoco ha ayudado a la sensación de estabilidad: se ha llegado a especular con la posibilidad de que el portugués active una cláusula cercana a los 50 millones para abandonar Al Nassr antes de tiempo, un escenario que sería un golpe simbólico de enormes dimensiones para el proyecto.
En este contexto de incertidumbre, tres de las figuras más influyentes de la competición ya han aclarado sus planes, cada uno por una vía muy distinta. Rúben Neves ha decidido alejarse definitivamente de la tentación de volver a Europa y ha extendido su vínculo con Al Hilal hasta 2029, enviando una señal de confianza en el modelo saudí. Lo contrario ha ocurrido con N’Golo Kanté: el francés rescindió su contrato con Al Ittihad, obtuvo la validación del traspaso por parte de la FIFA con el mercado ya cerrado y recaló en Fenerbahçe, demostrando que la puerta de salida está siempre entreabierta para quienes no terminan de adaptarse. En medio, el caso de Karim Benzema ha sido un auténtico terremoto interno: el Balón de Oro abandonó Al Ittihad para unirse a Al Hilal en las horas finales del mercado, alterando los equilibrios deportivos y políticos de la liga.
El ejemplo más claro del desgaste del modelo está precisamente en Al Ittihad, vigente campeón de la Saudi Pro League pero con una temporada muy por debajo de las expectativas. El club ya ha perdido a Benzema y Kanté, dos de los emblemas de su gran apuesta. Y lo que asusta a sus dirigentes es que la sangría podría continuar: Fabinho y Danilo Pereira figuran entre los siguientes candidatos a salir, y alrededor de ellos gravita la situación contractual de otras piezas importantes. Habrá que ver qué ocurre con Predrag Rajkovic, Jean-Carlo Simic (cedido), Houssem Aouar, Steven Bergwijn, Moussa Diaby o Roger Fernandes, todos futbolistas con mercado más que interesante en Europa y que podrían optar por regresar al viejo continente ante la mínima oportunidad.
El resto de grandes de la competición tampoco respiran tranquilos. En Al Hilal, Kalidou Koulibaly ya se encuentra en posición de negociar su futuro lejos del club saudí, lo que alimenta el temor de que el factor económico ya no sea suficiente para retener a veteranos de alto nivel. En Al Nassr la situación es similar con Marcelo Brozovic, Sadio Mané e Iñigo Martínez, todos ellos en condiciones de estudiar nuevos destinos. Al Ahli, por su parte, vive pendiente de la decisión de Frank Kessié, otro nombre que podría engrosar la lista de estrellas que optan por un nuevo proyecto. Y la ola de incertidumbre alcanza también a entidades de menor exposición mediática: Nacho Fernández finaliza contrato con Al Qadsiah, mientras que Georginio Wijnaldum hace lo propio con Al Ettifaq.
El contraste con el discurso inicial es llamativo. Hace un año, Cristiano Ronaldo definía como “un honor” la oportunidad de contribuir al crecimiento de la Liga saudí y celebraba la llegada de más futbolistas de renombre para hacer de ella una competición “mejor y más competitiva”. Su fichaje por Al Nassr en el invierno de 2023 fue, sin duda, el punto de inflexión que catapultó al campeonato al primer plano mediático global. Desde entonces, la estrategia de fichajes ha sido tan agresiva como ambiciosa: se atacaron todos los frentes posibles, desde superestrellas consagradas hasta promesas emergentes, pasando por jugadores contrastados de nivel medio-alto llamados a elevar el estándar general de la liga.
En términos numéricos, la apuesta fue tan contundente como pocas veces se ha visto en el fútbol moderno. La Saudi Pro League ha ejecutado operaciones por un valor superior a los 2.300 millones de euros en fichajes, y su balance entre ingresos y gastos –sin incluir los salarios, que en muchos casos son astronómicos– se sitúa en torno a los 1.948 millones de euros de inversión neta. Sólo la Premier League ha logrado superar esa cifra en el mismo periodo. Mientras tanto, las principales ligas europeas, con la excepción de la Serie A italiana, han cerrado este ciclo de mercado con saldos positivos, optando por modelos de gasto mucho más prudentes.
No es extraño, con esos datos en la mano, que desde los organismos internacionales se haya elogiado la capacidad de crecimiento del campeonato saudí. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, llegó a afirmar que la Saudi Pro League “va camino de convertirse en una de las tres mejores ligas del mundo”. Pero la realidad diaria empieza a dibujar un matiz importante: el número de fichajes de renombre no ha ido siempre acompañado de un compromiso a largo plazo. Muchos jugadores han asumido la aventura saudí como un paréntesis lucrativo, un trayecto de ida y vuelta más corto de lo que se preveía en los despachos de Riad.
La experiencia con varias de estas estrellas permite extraer algunas conclusiones incómodas para el proyecto. Muchos contratos, aunque firmados por varios años, han incluido cláusulas de salida, ventanas de revisión y condiciones que facilitan un regreso anticipado a Europa o a otros mercados. A ello se suma la dificultad de adaptación cultural, el tipo de competición –con menor tradición y presión histórica que las grandes ligas europeas– y la sensación de que el escaparate deportivo, salvo excepciones, no ofrece la misma exposición que jugar la Champions League o las grandes ligas de siempre.
A este escenario hay que añadir la irrupción o consolidación de otros mercados alternativos que compiten por el mismo tipo de jugador. No sólo la MLS se ha convertido en un destino atractivo para estrellas que buscan un último gran contrato en un entorno mediático potente; ligas como la turca o la brasileña se han reactivado gracias a inversiones importantes de sus grandes clubes, capaces de ofrecer salarios competitivos y, al mismo tiempo, una tradición futbolística más arraigada y un entorno deportivo más familiar para muchos jugadores sudamericanos y europeos.
La señal de alarma dentro del proyecto saudí comenzó a sonar con fuerza cuando algunos fichajes de alto perfil decidieron cortar su etapa en la región de forma prematura. El caso de Jordan Henderson se convirtió en un símbolo. El inglés dejó Al Ettifaq libre a comienzos de 2024 tras apenas medio año en el club, pese a que se habían pagado 14 millones de euros a Liverpool por su traspaso. Su salida evidenció que, más allá de las cifras económicas, la Liga saudí todavía lucha por consolidar un ecosistema competitivo y social que retenga a jugadores con un fuerte perfil europeo.
Todo ello plantea un reto estratégico para los dirigentes saudíes. Mantener el nivel de inversión es una condición necesaria, pero no suficiente, para asegurar la estabilidad de la liga. El desafío pasa, entre otras cosas, por afinar mejor el perfil de los fichajes, apostar por jugadores en plena madurez competitiva y con margen de adaptación, fortalecer las estructuras deportivas de los clubes y construir una narrativa que vaya más allá del simple poder económico. Si el campeonato quiere evitar convertirse en una escala pasajera, debe ofrecer un proyecto deportivo de largo recorrido, con identidad propia y objetivos claros a nivel continental y mundial.
Otro punto clave es la gestión de las expectativas. En un primer momento, la Saudi Pro League irrumpió como un actor dispuesto a derribar la jerarquía del fútbol europeo en tiempo récord. Sin embargo, la fuga de estrellas y los contratos que se agotan sin renovaciones inmediatas obligan ahora a modular el discurso. El crecimiento puede seguir siendo muy rápido, pero necesita apoyarse en bases más sólidas: academias, desarrollo de talento local, estabilidad técnica en los banquillos y una mejor planificación de las plantillas, evitando planteles sobredimensionados y desequilibrados llenos de nombres pero con poco encaje deportivo.
En paralelo, la liga deberá gestionar un elemento intangible pero crucial: la percepción pública. La marcha repetida de figuras reconocidas alimenta la idea de que el torneo es más un destino coyuntural que un verdadero punto de llegada. Para revertir esa sensación, será vital que algunas de las grandes referencias –como Rúben Neves u otros que apuesten por renovaciones largas– se mantengan, lideren proyectos ganadores y construyan historias deportivas que conecten con el aficionado más allá de los titulares sobre sueldos y fichajes millonarios.
Por último, la próxima ventana de mercado y el cierre de tantos contratos serán una prueba de fuego. Si la Liga saudí logra retener a una porción significativa de sus estrellas actuales, renovar inteligentemente a sus figuras y sustituir con criterio a quienes decidan irse, podrá enviar el mensaje de que está capaz de gestionar la transición desde el boom inicial a una etapa de consolidación. Si, por el contrario, la fuga se convierte en estampida y el número de regresos a Europa y a otros torneos se dispara, la sensación global será que el proyecto, pese a su potencia económica, aún no ha encontrado la fórmula para sostenerse como uno de los grandes centros del fútbol mundial.
