El naufragio del Real Madrid en la Champions League 2026-27 ha sido tan estruendoso como simbólico. El equipo que presume 14 Copas de Europa volvió a mostrar todas sus grietas en el peor momento posible y terminó pagando un precio altísimo: quedarse fuera del top 8 del nuevo formato y verse obligado, por segundo año consecutivo, a disputar la ronda de playoffs para seguir con vida en el torneo.
La noche del miércoles 28 de enero, en la última jornada de la Fase de Grupos de la renovada Champions, el Benfica de José Mourinho firmó un 4-2 que no solo desnudó las carencias futbolísticas del conjunto de Álvaro Arbeloa, sino que confirmó que la crisis blanca ya no es un bache pasajero, sino un problema estructural que se ha ido acumulando durante meses.
Ricardo Sales, analista de futbol, lo resumió con crudeza: “Es una decepción. Yo entiendo el contexto, entiendo que el Real Madrid está atravesando muchos cambios”. Y esos cambios no son menores. La salida de Xabi Alonso tras la eliminación en Copa del Rey, la derrota en la Supercopa de España y la llegada de Arbeloa al banquillo han configurado un escenario de transición en el que se exige disciplina, personalidad y el mejor nivel de cada futbolista. Nada de eso apareció en Lisboa.
El nuevo formato de la Champions ha convertido cada fecha en una final. En una jornada 8 agónica y llena de dramatismo, el Real Madrid se jugaba algo más que tres puntos: se jugaba prestigio, tranquilidad institucional y un puesto directo entre los ocho mejores. Fracasó en todos los frentes. Mientras tanto, el Barcelona sí logró su objetivo y aseguró el pase directo a octavos, subrayando aún más el contraste entre la planificación de uno y otro gigante español.
El partido ante el Benfica fue una auténtica montaña rusa, pero con un mismo patrón: cada vez que el Madrid parecía reaccionar, el conjunto de Mourinho encontraba la manera de golpear con más fuerza. El 4-2 final no solo fue un castigo en el marcador, sino una sentencia simbólica: el viejo colmillo europeo del Real Madrid ya no alcanza cuando faltan orden, ideas y liderazgo.
Sales insistió en que el entorno debe comprender el contexto, pero sin relativizar el desastre: “Se exige disciplina y se exige también el mejor nivel de cada uno de sus jugadores”. El problema es que, hoy por hoy, el equipo blanco no muestra ni una cosa ni la otra. Futbolistas desconectados, errores groseros en defensa, desajustes en la presión y una alarmante fragilidad emocional han convertido cada golpe en una losa difícil de levantar.
El guion del Benfica, por el contrario, fue casi cinematográfico. Bajo la batuta de Mourinho, el cuadro portugués llegó al duelo al borde del abismo. Con el 3-2 en el marcador, ni siquiera tenía asegurado el pase a la ronda de playoffs. Necesitaba un gol más para no quedar eliminado. Y ese tanto llegó de la forma más inesperada posible: con el portero lanzado al ataque en la agonía del encuentro.
En una de las últimas jugadas, el guardameta del Benfica subió a rematar un balón parado. Contra todo pronóstico, fue él quien firmó el gol histórico que cambió el destino del partido y del grupo. Ese tanto, ya legendario para la afición lisboeta, selló el 4-2 definitivo y, de la mano de Mourinho, metió al club portugués en los playoffs de la nueva Champions. Una imagen que se quedará grabada en la memoria: el portero celebrando como héroe mientras el Real Madrid se derrumbaba en silencio.
Para el madridismo, el golpe es doble. Por un lado, la derrota contundente y la sensación de estar siempre un paso por detrás en intensidad y claridad de ideas. Por otro, la obligación de disputar nuevamente la ronda de playoffs, algo que hace apenas unos años habría parecido impensable para un equipo acostumbrado a dominar la fase de grupos con mano de hierro.
La paradoja es cruel: el Benfica, que estaba prácticamente con un pie fuera de la competición, resucita al borde del abismo y se asegura un lugar en los playoffs. Y no solo eso: existe la posibilidad de que el destino vuelva a cruzar sus caminos con el Real Madrid en la siguiente fase. Un morbo añadido que dimensiona todavía más el fracaso blanco en esta primera parte del torneo.
La “catástrofe merengue” —como la definió el propio Sales— no puede explicarse únicamente por un mal partido. Es el desenlace lógico de una cadena de decisiones y episodios que han ido minando la estabilidad del proyecto. La destitución de Xabi Alonso tras la eliminación copera dejó al equipo en una especie de limbo deportivo. La derrota en la Supercopa expuso otra vez las carencias defensivas y la falta de respuestas ante rivales con personalidad. Y la llegada de Arbeloa, aunque entendible dentro de la lógica del club, implica un técnico aún en construcción para gestionar un vestuario de esta magnitud.
La exigencia hacia Arbeloa es máxima: se le pide imponer disciplina, jerarquizar el vestuario, recuperar la mejor versión de sus figuras y, al mismo tiempo, obtener resultados inmediatos. Sin embargo, la derrota ante el Benfica evidencia que el equipo todavía no ha asimilado un modelo claro de juego ni un plan sólido para competir al máximo nivel europeo. Por momentos, el Madrid parece vivir más del peso de su escudo que de su fútbol.
Tácticamente, el duelo dejó una radiografía preocupante. Falta de coordinación en la presión, distancias enormes entre líneas, un medio campo incapaz de controlar el ritmo del encuentro y una defensa que sufre cada vez que el rival acelera. Mourinho, fiel a su estilo, explotó cada una de esas debilidades: transiciones rápidas, juego directo en los momentos clave y una fe inquebrantable en los detalles de balón parado, donde terminó hallando el golpe definitivo.
En el plano anímico, el diagnóstico es igual de duro. El Real Madrid ha pasado de ser un equipo que se crecía en los escenarios hostiles a uno que se descompone ante la adversidad. El cuarto gol del Benfica, con el portero rival sumándose al ataque, no solo fue un golpe deportivo, sino un símbolo de la pérdida de esa mística que antes hacía temblar a los rivales incluso cuando el marcador era adverso.
Mientras tanto, el contexto del nuevo formato de la Champions no deja margen para la relajación. La fase de liga obliga a competir con una regularidad casi perfecta: cada tropiezo pesa, cada desconexión se paga. Quedarse fuera de los ocho primeros supone no solo un revés deportivo, sino también un impacto en la imagen de un club que se había acostumbrado a estar siempre en la élite, incluso en sus temporadas más grises.
La comparación con el Barcelona añade otra capa de presión. Que el conjunto azulgrana haya conseguido su clasificación directa a octavos en esta misma jornada refuerza la sensación de que el proyecto blanco está descompensado, navegando entre la reconstrucción y la urgencia. Mientras uno consolida una idea de juego más estable, el otro parece improvisar soluciones partido a partido.
Más allá del resultado, la gran pregunta que se abre ahora es qué Real Madrid veremos en los playoffs. ¿Un equipo herido que usa este golpe como punto de inflexión para reaccionar, o un grupo sin respuestas, arrastrando los mismos problemas al filo de la eliminación? Lo único claro es que, con este nivel de rendimiento, el margen de error será prácticamente nulo.
Ricardo Sales insistió en el matiz: comprender el contexto no significa justificarlo todo. El Real Madrid siempre ha convivido con la exigencia máxima, y apelar a la transición no puede convertirse en excusa permanente. La obligación del club, del cuerpo técnico y de los jugadores es transformar este desastre en un aprendizaje inmediato, no en un capítulo más de una decadencia anunciada.
En el corto plazo, el calendario no dará tregua. Los playoffs de la Champions se presentarán como un examen definitivo para Arbeloa y su plantilla. Se tratará de una eliminatoria en la que cada detalle contará, y donde la presión por evitar un ridículo mayor será abrumadora. Otro tropiezo podría tener consecuencias profundas en el banquillo, en el vestuario y en la planificación deportiva de los próximos años.
En el medio y largo plazo, este episodio debería servir como advertencia. Un club que ha construido su identidad moderna en torno a la Champions no puede permitirse normalizar desastres como el de Lisboa. Si algo ha demostrado la historia reciente es que el Real Madrid renace cuando asume con crudeza sus errores, toma decisiones valientes y vuelve a poner el foco en lo esencial: un proyecto deportivo coherente, futbolistas en su pico de forma y un entrenador con una idea fuerte y clara.
Por ahora, lo único indiscutible es el veredicto de la cancha: el Benfica de Mourinho celebró una noche épica, su portero se vistió de héroe con un gol inolvidable, y el Real Madrid firmó otro capítulo negro en una Champions que, de momento, se le está haciendo demasiado grande. La opinión de Ricardo Sales no suaviza el golpe: habla de entendimiento del contexto, sí, pero también de una decepción monumental. Y esa, hoy, es la realidad que el madridismo tiene delante.
